jueves, 9 de junio de 2022

IV RUTA ACAV, (RUTA DE LOS CONQUISTADORES) GUADALUPE Y TRUJILLO

IV RUTA ACAV. (LOS CONQUISTADORES)

 

GAUDALUPE Y TRUJILLO 


Después de más de 2 años en que no hemos podido llevar una vida normal, viajar con tranquilidad, y deseando volver a la rutina, he retomado la Ruta que no se pudo hacer en el año 2020, cuando ya tenía todo aprobado, y concretado.

Así que de nuevo volver a retomar los contactos que ya tenia y ver si era posible de realizarla por los mismos lugares que ya teníamos autorizados, varios meses de trabajo han dado el resultado esperado, nos volvieron a autorizar en todas las localidades programadas en 2020 facilitándonos el estacionamiento.

 Este año como en anteriores los permisos se concedieron para 20 autocaravanas, pero solo se apuntaron 10, la verdad que después de tanto trabajo no ver las perspectivas no eran lo que tenia planeado, la verdad que me paso por la cabeza anular la Ruta, pero no quería que los que se apuntaron sufrieran una decepción, aunque esto llevara a que las visitas concertadas, serian un poco mas caras.

Por lo seguí adelante con el programa que tenía organizado, comenzamos la andadura como punto de reunión en la localidad de Guadalupe (Cáceres), el día 13 de mayo.  Poco a poco fuimos llegando al lugar de reunión, un parquin en el que estacionan autobuses y turismo.

 

DIA 14.5.22 este día teníamos concentrada la visita guiada al Monasterio de Guadalupe, es un monasterio del s. XIV. Fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1993. En su interior se aprecia el estilogótico, mudéjar, renacentista, barroco y neoclásico.  114901

Antes de la ampliación monástica, el santuario se mantuvo como priorato secular durante cuarenta y ocho años en los reinados de Alfonso XI de Castilla y Enrique II de Castilla, bajo patronato real y señorío civil.

En 1389 pasó a ser monasterio, según una real provisión expedida por Juan I de Castilla. Sus nuevos moradores fueron los monjes de la Orden Jerónima, una comunidad de 32 miembros procedentes de San Bartolomé de Lupiana (Guadalajara).

En 1835 tuvo lugar la exclaustración, quedando la iglesia para uso de parroquia dependiente de Toledo. Años después se declaró al conjunto Monumento Nacional (1879). Alfonso XIII consignó una Real Orden para la entrega del santuario a los frailes franciscanos, con lo que comenzó una nueva etapa. Pío XII, en 1955, encumbró el santuario a la condición de basílica.

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En su interior se custodia la imagen de la Virgen de Guadalupe (Extremadura, España), Patrona de Extremadura y Reina de la Hispanidad.

Es histórica y conocida la relación que tuvo este monasterio con los Reyes Católicos y Cristóbal Colón. Los reyes recibieron aquí a Colón en 1486 y 1489; en 1492 tras la conquista de Granada vinieron a este lugar en busca de paz y descanso.

En el mes de junio los monarcas firmaron dos sobrecartas​ que enviaron a Juan de Peñalosa: una era para Moguer y otros lugares; otra para Palos. El texto requería el cumplimiento de las reales provisiones de 30 de abril de 1492:

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Claustro 104546

 

Real Provisión de los Reyes Católicos


DIRIGIDA A CIERTOS VECINOS DE PALOS PARA QUE ENTREGUEN A CRISTÓBAL COLÓN DOS CARABELAS

Granada, 30 de Abril de 1492.


Vien sabedes como por algunas cosas fechas e cometidas por vosotros en desserbicio nuestro, por los del nuestro Consejo fuistes condenados a que fuésedes obligados a nos serbir dos meses con dos carabelas armadas a vuestras propias costas e espensas cada e quando e doquier que por nos vos fuese mandado so ciertas penas, segund que todo más largamente en la dicha sentencia que contra vosotros fue dada se contiene. E agora, por quanto nos avemos mandado a Christoval Colón que vaya con tres carabelas de armada, como nuestro capitán de las dichas tres carabelas, para ciertas partes de la mar océana sobre algunas cosas que cunplen a nuestro servicio e nos queremos que llebe consigo las dichas dos carabelas con que asy nos aveis de servir...

 

En el interior del Monasterio, se guardan varios museos , como el de los Bordados

En el ala de poniente del claustro se encuentra el museo de bordados en una nave de unos 240 m². Fue inaugurado en 1928 en presencia del rey Alfonso XIII. Allí se exponen ornamentos sagrados y otras telas dedicadas al culto que fueron fabricados en los talleres de bordadura del monasterio, por monjes y seglares, desde el siglo XIV. Esta colección es en parte procedente de donaciones. Fray Gonzalo, fraile muerto en 1425, es el primer bordador cuyo nombre figura en los archivos

También cabe citar el Museo de Pintura y Escultura, situado en la antigua repostería del mismo, y que cuenta con obras de Juan de Flandes, Zurbarán, Goya, Juan Correa de Vivar, Nicolás Francés, Egas Cueman, Pedro de Mena y El Greco entre otros.

 

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Al salir a las escalinatas del Monasterio, nos encontramos con una fuente que fue construida con una pila bautismal que se ubicaba en el interior del Monasterio y tiene como característica, que fue utilizada para bautizar a los primeros indígenas que llegaron del nuevo mundo

 

Finalizada la visita, nos dirigimos a visitar la localidad, para ello, nos servimos de un plano facilitado por la Oficina de Turismo, en el que se señala un itinerario que seguimos, y nos lleva a las puertas que quedan de la ciudad, así como las fuentes que servían agua de antiguo y que todavía hoy sirven para este propósito

   

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Tras el paseo y apretando de lindo el calor, volvemos a la plaza donde iniciamos el recorrido y nos sentamos en uno de los múltiples bares que jalonan la plaza y tomamos unas cervezas heladas que nos viene de perlas.

 

Y ya regresamos al parquin, para terminar el día y reunir a todos los asistentes y explicarles lo que haremos al día siguiente, e informando de las coordenadas donde estacionaremos y pernoctaremos.

Pasa la tarde con mucho calor y parece que será la tónica de los próximos días, esperemos que podamos disfrutar de los lugares que visitaremos.

 

DIA 15.5.22  Hoy nos dirigimos a la localidad de Trujillo (Cáceres), ciudad natal de Francisco Pizarro conquistador del Perú, cuya escultura ecuestre se levanta en la Plaza Mayor, y Francisco de Orellana, descubridor del río Amazonas.

Una de las localidades por la que hemos llamado (Ruta de los Conquistadores), aunque como iremos descubriendo durante la Ruta habrá muchas mas que guarden relación con los descubridores.

Nos separan unos +/- 75 km. De Guadalupe, y hacemos el recorrido en 1 ½ horas, por buenas carreteras y un trozo de autovía, nos dirigimos al área que se encuentra ubicada en las inmediaciones de la plaza de toros y a unos 15´del centro de la ciudad.

 

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La Plaza Mayor, de forma rectangular, estilo renacentista y rodeada por soportales en gran parte, es el lugar más conocido de Trujillo. En ella se encuentra la famosa estatua ecuestre de Francisco Pizarro. En sus orígenes, esta plaza era ocupada por arrabales, artesanos y comerciantes.

Posteriormente, en ella se construyeron palacios y casas señoriales que convirtieron a esta plaza en el lugar central de la vida en la ciudad a partir del siglo XVI.

En la actualidad, en buena parte de la plaza se encuentran negocios de hostelería como bares o restaurantes. También la plaza alberga la oficina de información turística, así como comercios destinados al turismo.

En la Plaza mayor, la estatua ecuestre Francisco Pizarro montado en un corcel con una de las patas levantadas, nos explicaron los guías según el significado de la interpretación de las estatuas ecuestres (persona a caballo), según la postura del caballo eran:     

 

– Si el caballo tiene dos patas en el aire, la persona murió en combate.


– Si el caballo tiene una de las patas frontales en el aire, la persona murió de heridas recibidas en combate. ( este fue el caso de Pizarro, que murió en  combate con los que se sublevaron a su Ajutoridad)

– Si el caballo tiene las cuatro patas en el suelo, la persona murió de causas naturales.

 

El historiador José Antonio del Busto relata la escena del asesinato de Pizarro:

Los asesinos, a cuyo frente venía Juan de Rada, subieron la escalera y hallaron en su puerta abierta a Francisco de Chaves, quien tenía la orden de mantenerla cerrada. Suprimiendo todo diálogo, lo mataron de una estocada y penetraron al comedor. El viejo Marqués, que por terminar de abrocharse las coracinas había tornado a su dormitorio, salió al encuentro de los intrusos con la espada desenvainada, reuniéndose con sus cuatro leales compañeros y dirigiéndose de modo particular a su hermano para decirle: ¡A ellos, hermano, que nosotros nos bastamos para estos traidores! Los doce almagristas se limitaron a mantenerse en guardia, gritándole con ira y odio: ¡Traidor!

La lucha se entabló sin ninguna ventaja para los de Chile. Al tiempo que luchaba, Pizarro enrostraba a sus atacantes. Había tomado el primer puesto en la pelea y tanto era su brío que no había adversario que se atreviera a propasar la puerta. En eso cayó Francisco Martín con una estocada en el pecho, también los dos pajes y Gómez de Luna. Solo se puso entonces a defender el umbral, desesperando a sus contrincantes que, acobardados, pedían lanzas para matarlo de lejos. No se retrajo por ello el Marqués, antes bien, pretendiendo desanimar a sus enemigos, siguió combatiendo con más intensidad que antes. Tan animoso se mostró, que Juan de Rada entendió que así no lo vencerían nunca y, recurriendo a un ardid traicionero, tomó a uno de los suyos apellidado Narváez y lo empujó hacia Pizarro; el Marqués lo recibió con su espada, pero el peso del cuerpo lo hizo retroceder, aprovechando entonces los almagristas para penetrar el umbral a la carrera y rodearlo. Pizarro continuó la lucha, ya no atacaba, se defendía. El anillo de asesinos giró con frenesí de odio, luego se cerró con intención de muerte. Cuando el anillo se abrió, el Marqués estaba lleno de heridas, una de ellas en el cuello. Pizarro, caído sobre el brazo derecho, tenía el codo lastimado; sus ropas estaban manchadas de sangre, ésta le emanaba a borbotones, pero sin mostrar flaqueza ni falta de ánimo, trató de levantarse para seguir luchando. Sin embargo, las fuerzas no le ayudaron y, todavía consciente, se desplomó sobre el piso ensangrentado.

Sintiendo las ansias de la muerte, se llevó la mano diestra a la garganta y, mojando sus dedos en la sangre, hizo la cruz con ellos; luego balbuceó el nombre de Cristo e inclinó la cabeza para darle un beso a la cruz... Entonces uno de los asesinos le dio una estocada en el cuello, otro quiso ultimarlo y, tomando una alcarraza, se la quebró en el rostro. El Marqués se desplomó pesadamente y quedó quieto en el suelo. Así, mientras los asesinos salían gritando: ¡Viva el Rey, muerto el tirano!, y los rezagados bajaban fatigados la escalera comentando ¡cómo era valiente hombre el marqués!, arriba —con el rostro hundido en su sangre guerrera— yacía el Conquistador del Perú.

Sus huesos, que yacen en la catedral de Lima, fueron estudiados por el antropólogo forense Edwin Greenwich Centeno en 2007, quien llegó a la conclusión de que Pizarro murió con al menos veinte heridas de espada; cuenta con detalle la sucesión de hechos según las huellas de las armas dejadas en los huesos. Greenwich afirma que por las evidencias «Pizarro se defendió bravamente» ya que recibió una estocada que indica el vaciado del ojo izquierdo y otro corte recto en el pómulo derecho. También le cercenaron de tajo parte del hueso de un codo. También existen cortes en la sexta vértebra torácica, en el pecho, en la primera lumbar y en el estómago.

Entre las heridas más graves se encuentran dos que fueron mortales de necesidad: en la zona de la garganta, entre la cuarta y quinta vértebra cervical. Se ve la impronta de una espada, que entra, corta y fractura el hueso. Mientras que la otra lesión perimórtem o post mortem, es un intento de decapita miento que se ubica en la primera vértebra cervical, el corte vino desde el lado derecho y se acercó a una arteria que lleva sangre al cerebro. Finalmente, las fracturas en el cráneo, que son del cántaro con el que le golpearon al final. Triste final de un gran hombre por las envidias y ansias de poder de otros

Sigamos con el devenir del día, y ya haciéndose la hora de comer, hemos visto una casa de comidas para llevar y nos hemos decidido encargar para al volver recoger las viandas y comer.

No somos los únicos también otros compañeros hacen lo mismo y una vez recogida la comida, nos dirigimos a la cercana área donde comemos y descansamos un rato, pues tenemos concertada la visita guiada a las 16,30 horas.

Una de las gestas que hizo grande a Pizarro fueron los llamados 13 de Pizarro

Los Trece de la Fama

La historiografía pizarrista ha idealizado los sucesos en la isla del Gallo para ensalzar las dotes del trujillano. Hernán Cortés supuestamente quemó las naves en Veracruz y espetó a sus hombres la famosa frase: “el que quiera ser rico que me siga”. Como no podía ser de otra forma, Pizarro hizo lo propio en la isla del Gallo. Según las crónicas de la época, el trujillano, que deseaba seguir adelante, tuvo una inspiración: con la punta de la espada trazó sobre la arena de la playa una raya y se dirigió a sus soldados. Señalando en dirección a Panamá, les dijo “por aquí se va a Panamá a ser pobres”, y acto seguido, apuntando a la propia isla, les dijo que allí encontrarían hambre y miseria hoy, pero riqueza y fama mañana, y les espetó: “¡los que sean valientes que me sigan!”. La mayoría de los hombres corrió a embarcarse en el navío de auxilio, capitaneado por Juan Tafur, con tal ímpetu, decía un cronista, “como si escaparan de tierra de moros”.

Solo trece hombres permanecieron junto al trujillano. Los primeros en cruzar la raya fueron el propio Pizarro y el piloto mayor Bartolomé Ruiz de Estrada, a los que siguieron los trece restantes. Corría el mes de mayo de 1527 y comenzaba así la leyenda de la isla del Gallo. De un total de ochenta y cinco hombres, solo trece permanecieron con Pizarro, es decir, en torno al 15 %. Bien es cierto que muchos de los que marcharon se reengancharon después, en la tercera jornada, o en momentos posteriores, y consiguieron una cierta fortuna.

Pero analicemos paso a paso la leyenda. Obviamente, la narración muestra una teatralidad difícil de creer por más que la historiografía se haya encargado de repetirla hasta la saciedad. Como la mayoría de las leyendas, sin embargo, encierra un fondo de verdad que podemos verificar por cronistas como Francisco de Jerez, que fue testigo presencial. La realidad era muy cruda y nadie quería permanecer en un lugar en el que solo habían encontrado penalidades. Seguía sin haber oro y, en cambio, lo que sí padecían era una hambruna crónica, además de heridas a manos de los belicosos indios que encontraban a cada paso.

Hasta 1525 apenas consiguieron obtener mil pesos de oro, una verdadera ruina desde el punto de vista económico, pues no alcanzaban ni para pagar los buques aprestados. Nadie en sus cabales quería jugarse la vida a cambio de nada, por lo que casi todos pretendían regresar a Panamá y, según López de Gómara, “renegaban del Perú” y de sus falsas riquezas.

Tradicionalmente se ha afirmado que se quedaron tan solo trece, o al menos esos son los que recordaba Francisco Pizarro, aunque Girolamo Benzoni habla de catorce, Antonio de la Calancha de doce y Francisco de Jerez, secretario del trujillano, amplía su número hasta los dieciséis. Todos tienen parte de razón; la línea la pasaron quince personas contando a Francisco Pizarro y al piloto mayor Bartolomé Ruiz de Estrada. Este último estaba con los Trece, pero fue sacrificado por Pizarro para que, en su nombre, fuese a negociar la continuación de la empresa ante el gobernador.

También se quedaron forzosamente los dos lenguas o intérpretes, Felipillo y Manuel. Así pues, dado que el piloto Bartolomé Ruiz debió marchar a Panamá, cruzaron la línea quince, pero permanecieron catorce –como dice Benzoni– o dieciséis, si incluimos a los dos indios lenguas, lo que da la razón también a Francisco de Jerez.

La lista con los nombres concretos de los Trece de la Fama la reflejan con pocas variantes diversos cronistas y, además, aparece reproducida en la capitulación de Toledo de 1529, en la que el trujillano pidió para todos ellos la hidalguía o, en caso de poseerla, el rango de caballeros de espuela dorada. Sus nombres son los siguientes: Bartolomé Ruiz, Cristóbal de Peralta, Pedro de Candía, Domingo de Soraluce, Nicolás de Ribera, Francisco de Cuéllar, Alonso de Molina, Pedro Halcón, García de Jaén, Antón de Carrión, Alonso Briceño, Martín de Paz y Juan de la Torre ( de esta persona, hablaremos mas adelante, ya que también tiene su historia).

El primero de ellos, Bartolomé Ruiz, aunque cruzó la raya, marchó junto a Juan Tafur para ayudar a Diego de Almagro a organizar los refuerzos. Por tanto, en cualquier caso, es verosímil pensar que fueran algunos más, quizá los dieciséis que cita el siempre fiable secretario de Pizarro, y que los trece, incluido su capitán, que aparecen en la capitulación de Toledo, sean solo los supervivientes de aquella empresa.

No parece, sin embargo, que estuvieran mucho tiempo en la isla del Gallo, pues pronto decidieron trasladarse a la isla de Felipe, conocida poco después como la de la Gorgona, que estaba algo mejor aprovisionada. Esta se encontraba a unos cien kilómetros de la isla del Gallo, lo cual no dejaba de ser un trayecto largo en unos momentos en que los medios de transporte eran muy limitados y las fuerzas estaban justas, pero mereció la pena, pues disponía de agua dulce, así como de caza y pesca abundantes, por lo que la obtención de alimentos era asequible.

Allí esperaron durante algo más de dos meses el retorno de Diego de Almagro. Según Benzoni, a los pocos que permanecieron con él, Pizarro “se lo agradeció mucho, haciéndoles grandes promesas y suplicándoles que tuviesen paciencia” hasta la llegada de refuerzos. No le faltó tesón a ninguno de ellos, pues pasaron todo tipo de calamidades, como hambrunas y lluvias torrenciales.

Según el Inca Garcilaso, se alimentaron casi exclusivamente de marisco y culebras y “otras sabandijas”, y se encontraban en una situación límite cuando apareció en el horizonte Bartolomé Ruiz de Estrada. Los refuerzos habían tardado nada menos que siete meses, por lo que fueron recibidos con emoción y alborozo.

Traían víveres para saciar su hambre, pero muy pocos hombres de refuerzo, prueba de la escasa o nula confianza que en esos momentos despertaba la empresa liderada por el trujillano. Dado que el nuevo gobernador había dado un plazo de seis meses para que retornaran y solo había pasado la mitad, Pizarro dispuso que el piloto Bartolomé Ruiz reconociese la costa hacia el sur.

 

Tras el descanso nos dirigimos de nuevo a la plaza donde se encuentra la Oficina de Turismo, lugar de reunión para iniciar la visita, nos adentramos por las calles empedradas, yendo de un palacio a una iglesia y de nuevo a palacios, pasando por un aljibe árabe, así calle por calle, hasta la casa que fue de Francisco Pizarro, hoy museo, donde se conserva toda la historia de sus hazañas, también por la de Orellana, ahora convertida en un hotel

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2 Francisco de Orellana, también natural de Trujillo, y descubridor del río Amazonas Puesto que se desvanecía toda esperanza de reunirse con Gonzalo Pizarro, verdadero jefe de la expedición, (hermano de Francisco) Orellana fue elegido de forma unánime capitán del grupo. Se decidió construir un nuevo bergantín, al que se puso por nombre Victoria, y continuar por el río hasta mar abierto. Durante el trayecto, los heroicos exploradores arrostraron mil peligros, fueron atacados varias veces por los indígenas y dieron muestras de un valor extraordinario.

El viaje les preparó continuas sorpresas: árboles inmensos, selvas de lujuriosa vegetación y un río que más bien parecía un mar de agua dulce y cuyos afluentes eran mayores que los más caudalosos de España. Cuando dejaron de divisar las orillas de aquel grandioso río, Orellana ordenó que se navegara en zigzag para observar ambas riberas.

En la mañana del 24 de junio, día de San Juan, fueron atacados por un grupo de amerindios encabezado por las míticas amazonas. Los españoles, ante aquellas mujeres altas y vigorosas que disparaban sus arcos con destreza, creyeron estar soñando. En la refriega consiguieron hacer prisionero a uno de los hombres que acompañaban a las aguerridas damas, quien les relató que las amazonas tenían una reina que se llamaba Conori y poseían grandes riquezas. Maravillados por el encuentro, los navegantes bautizaron el río en honor de tan fabulosas mujeres.

El 24 de agosto, Orellana y los suyos llegaron a la desembocadura de aquella impresionante masa de agua. Durante dos días lucharon contra las olas que se formaban al chocar la corriente del río con el océano y, al fin, consiguieron salir a mar abierto.

Orellana y su grupo siguieron tratando de localizar el canal principal, pero fueron atacados por los nativos  caribes. Diecisiete murieron a causa de las flechas venenosas y el mismo Orellana murió poco después, en noviembre de 1546.

Cuando los supervivientes del segundo bote llegaron a la isla Margarita, se encontraron con 25 compañeros, incluyendo a Diego García  de Paredes y su esposa Ana de Ayala, que habían llegado en el cuarto barco de la flota original. Un total de 44 supervivientes (de 300 que habían partido) fueron finalmente rescatados por un barco español.

Muchos de ellos se asentaron en Centroamérica, Perú y Chile, mientras que Ana de Ayala se casó con otro superviviente, Juan de Peñalosa, con el que vivió hasta su muerte en  Panamá.

En la actualidad, una provincia de Ecuador recibe el nombre de Orellana. Igualmente, en el distrito «Las Amazonas» (en el río Napo), provincia de Maynas del departamento de Loreto, en Perú, existe una localidad llamada «Francisco de Orellana».

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Vamos entrando por algunas de las puertas que todavía se mantienen en pie

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Hay seis monumentos trujillanos: el castillo, la iglesia de Santa María la Mayor, el palacio de la Cadena, el palacio de la Conquista, el palacio de Juan Pizarro y el palacio de San Carlos. Además, son candidatos al título de bien de interés cultural el palacio de Chaves el Viejo y la plaza de toros. ​

 

La ciudad de Trujillo pertenece a la diócesis de Plasencia desde la fundación de esta diócesis a finales del siglo XII. La villa de Trujillo fue mencionada como parte del territorio diocesano en la bula fundacional de la diócesis del papa Clemente III.

 ​ En la ciudad hay tres iglesias parroquiales pertenecientes a dicha diócesis: San Martín de Tours, Santa María la Mayor y San Francisco, compartiendo parroquia estas dos últimas. ​

Junto a las iglesias parroquiales, hay también iglesias que no se usan como parroquias. Un ejemplo es la iglesia de la Vera Cruz, construida en el siglo XIII y en desuso desde que fue parcialmente destruida en la Guerra de la Independencia. ​Convertida en la actualidad en un restaurante

 

 

El castillo de Trujillo es una fortaleza construida en su mayor parte durante el dominio musulmán del lugar, entre los siglos IX y X. Se sitúa en lo alto de un cerro dentro de la penillanura, lo cual permite que pueda ser visto desde muchos kilómetros a la redonda.

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 La fortaleza ha sido reformada en varias ocasiones a lo largo de la historia, como la reforma del muro en el siglo XIV, la construcción de una barrera fortificada con un foso en el siglo XV y varias restauraciones en el siglo XX. Alberga en su interior dos aljibes árabes, uno de dos naves y otro con más de dos, ambos cubiertos con bóveda de medio cañón.

Las murallas de Trujillo están construidas en sillería y mampostería, con algunas torres y almenas. Originalmente poseía siete puertas, pero actualmente se conservan cuatro: las de San Andrés, Santiago, de Coria y del Triunfo. Dichas puertas fueron reformadas en los siglos XV y XVI. También quedan diecisiete torres con forma rectangular. El espacio que queda dentro del recinto amurallado es conocido como el barrio viejo de la villa.

Es de visitar el aljibe árabe mejor conservados de España, una auténtica joya donde el tiempo parece haberse detenido entre agua, arcos de medio punto y bóvedas de medio cañón.

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